Hay un precioso Manantial, de Sangre de Emmanuel
Que purifica a cada cual, que se sumerge en Él
William Cowper nació en noviembre de 1731,
en un pueblo de unos 1500 habitantes, cerca de Londres.
Su
padre era uno de los capellanes del rey Jorge II.
Aunque su familia tenía una buena
posición,
William no tuvo una infancia feliz.
Creció sin ninguna relación
salvadora con Cristo.
Su madre murió cuando él tenía seis
años, y su padre,
entonces, le mando a un internado.
Incapaz de lidiar adecuadamente con el dolor que experimentó
cuando era pequeño, se quedó con él durante toda su vida.
Él nunca dejó de llorar por su madre.
A pesar de su talento, Couper vivió
casi toda su vida adulta
abrumado por severos ataques de
depresión
y tendencias suicidas.
A los 21 años, cuando todavía no era
creyente,
sufrió el primer colapso mental que lo paralizó
con una severa depresión…
“Fui golpeado con un abatimiento de espíritu tan grande,
como nadie que no haya pasado por lo mismo
puede ni siquiera imaginar”.
En 1756 estuvo a punto de casarse,
pero a última hora,
después de una relación de siete años,
la boda se canceló y jamás se volvieron a ver.
Estaban comprometidos, pero por
alguna misteriosa razón,
su padre, prohibió el matrimonio.
Esto fue un duro golpe para William, para quien la vida
parece haber sido una larga acumulación de angustias.
En 1759, tras una serie de
acontecimientos que le llenaron de temor, William, cayo en una depresión mental
total,
y tras varios intentos de suicidio fallidos,
tuvo que ser ingresado en un sanatorio
psiquiátrico,
en el que permaneció 18 meses.
Por los designios divinos, fue
atendido por el Dr. Cotton,
amante de Dios y del evangelio, el cual impartió esperanza
a su pobre alma condenada.
A los seis meses de estar allí
ingresado,
Couper halló una Biblia puesta en un banco y leyó el pasaje
en el que Jesús resucita a Lázaro.
“Vi tanta benevolencia, tanta misericordia,
tanta bondad y compasión en la conducta de nuestro Salvador
con los hombres que sufren, que casi derramé lágrimas
a causa de esa revelación, sin pensar
siquiera,
que era el tipo de misericordia que
Jesús
estaba a punto de extenderme a mí.
Suspiré y dije:
“Oh, si yo no hubiera rechazado a un redentor tan bueno;
si no hubiera renunciado a todos sus favores”.
Así fue como se me ablandó el corazón,
aunque todavía no fui iluminado”.
El sentimiento de condenación y de
haber sido abandonado
por completo, fue desapareciendo.
En 1764, leyó Romanos 3:25.
«Siendo justificados
gratuitamente por su gracia
mediante la redención…, que es en Cristo
Jesús…,
por medio de la fe en su sangre».
“Inmediatamente,
recibí la fuerza para creerlo,
y resplandecieron sobre mí, con todo su
poder,
los rayos del Sol de Justicia.
Vi que la expiación hecha por Él era suficiente,
que mi indulto estaba sellado en Su
sangre,
y que la justificación que Él me daba era plena y total.
Todo lo que me habían dicho antes se
reavivó con toda
su claridad, con una demostración del espíritu y con poder”.
Entendió que Cristo había sido
crucificado por él,
creyó y recibió el perdón de sus pecados.
Vio lo preciosa que es la sangre de Cristo
para los peores pecadores.
Un día, mientras estaba sentado
solo,
en el escritorio de su pequeña casa,
bajo la inspiración del Espíritu Santo y con las palabras
del profeta Zacarías (13: 1) frescas en
su mente,
comenzó a escribir el himno que atestigua de su paz final
con su Salvador, destinado a convertirse en el
«himno de la redención» de la Iglesia;
un monumento a la gracia soberana de Dios.
A pesar de su depresión mental,
melancolía emocional
y dudas espirituales, Dios usó la
experiencia de un hombre,
William Couper, para escribir las
palabras
que han sido una inspiración para la iglesia
durante doscientos años.
Estas palabras han sido usadas por
el Espíritu Santo para alentar
a muchos santos y un llamado a los
pecadores a encontrar
el perdón y la paz con Dios en el único
lugar posible.
«El precioso manantial de sangre de Emmanuel».
